Y será mi casa casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones (Evangelio según Lucas, 19, 46)

No, no voy a hablar de religión. Voy a hablar de respeto. Estos días he estado viajando, y entre otros lugares he recalado en la catedral de Burgos. Hacía mucho que no entraba, así que convencí a mis acompañantes para que pasáramos a ver, entre otras cosas, la magnífica capilla de los condestables. Sabía que cobraban por entrar a la catedral, ya en casi ninguna se puede entrar gratis, ni para rezar. El precio que nos correspondía (mayores de 28, ningún jubilado, ningún peregrino, ningún miembro de órdenes religiosas, ningún obispo, entre mis acompañantes): 4€ por cabeza. Pagamos. Ya en la taquilla el jaleo es considerable. Entramos. Increíble... Parece ECI en un día de rebajas o de compras navideñas. La gente hablaba en voz alta, más bien gritando; contestaban el móvil, llevaban la audioguía a tope, había gente comiendo, tocándolo todo, agolpándose por ver o fotografiar algo que muchos olvidarían a la salida, incluso vi (espero que la foto haya salido bien para colgarla aquí) niños saltando y jugando encima de los sepulcros de los condestables. Cabreo generalizado entre mi gente. Nos cagamos en todo, comenzando por la madre de la criatura, verdadera culpable. Al respetable público le parece hacer mucha gracia la situación. Nos vamos, echando pestes, acordándonos de la criatura, la madre, el respetable, el tío de la taquilla, la vendedora de entradas, el obispo de Burgos y la madre que los parió a todos.

Me parece increíble haber llegado a esa situación. Más que un monumento parecía un parque de atracciones. Sólo faltaba el restaurante de comida rápida. Ya lo estoy viendo, con vistas a la capilla mayor, y sala de fumadores en el cimborrio.

Entiendo cómo debió sentirse Cristo en Jerusalén. Hoy no usaría látigo, sino un AK-47, o un rifle de francotirador, o se inmolaría en la capilla de los condestables llevándose por delante a la criatura, a la madre, al obispo y a todo el respetable. O tal vez dispusiera polonio en la comida rápida del restaurante, y ala, se acabó. A tomar por culo, cabrones.

No hablo de religión. Hablo de respeto. Respeto a mí, como visitante interesado. Respeto a todos los turistas. Respeto al que va a rezar. Respeto por nuestra historia, monumentos, arte. Por nosotros en definitiva. Y respeto con los muertos. Si el condestable se levantara, blandiría la espada contra los plebeyos que invaden su capilla, que tanto dinero le costó, para que sus criaturas jueguen sobre el frío jaspe.

Me parece fatal que cobren en estos monumentos. Pero peor aún que ya que lo hacen, no haya un control. También hay que pagar en la catedral primada, Toledo, pero ahí, en cuanto salta un flash, dos tíos salen de no se donde y te "acompañan" a la salida. En Burgos, si me hubiera llevado un cáliz, lo mismo hasta hago un favor.

Vergonzoso. Simplemente. Auténticos mercaderes en el templo. Por unas monedas, como si te meas en la escalera dorada.