Una revista inglesa, Art Review ha publicado la lista con las 100 personas más influyentes en el mundo del arte (donde por cierto hay pocos artistas, pero de esto ya hablaremos en otro momento). En el primer lugar se encuentra Damien Hirst. ¿Damien Hirst? -pienso- ¿el mismo Damien Hirst, padre del movimiento de los "jóvenes artistas británicos"? -me pregunto-. Efectivamente. Aquel que revolucionó a medio mundo con su tiburón y sus vacas seccionadas en exposiciones como Freeze o Sensation. El mismo que dice reflexionar sobre la muerte, tema de su trabajo.
Lo cierto es que Hirst es una verdadera estrella, y sus obras se rematan en cifras astronómicas en las casas de subastas.
Hirst se ha convertido en todo un fenómeno, en un artista que, por polémico, ha alcanzado el Olimpo. Sin embargo, es fácil dudar sobre la legitimidad de sus obras, sobre el valor artístico de las mismas. Si me preguntan, les diré que me cuesta aceptar su producción artística. Me cuesta porque me aburre el recurso, ya agotado, de recurrir a la provocación. Y es que desde Duchamp o Manzoni, ya no me sorprende nada, o casi nada, en este sentido.
Ahora bien, si el arte actual es dinero, y así parece demostrarlo la lista a la que hemos hecho referencia, nadie puede negar a Hirst sus logros. Cuando en otro momento le habríamos tirado a la cara las vísceras que exhibe, ahora se las pagamos a precio de oro, y va a resultar que tener una oveja muerta en casa es de lo más cool. Y visto así, el arte parece que no ha cambiado nada en siglos, y entonces el señor Hirst alcanza su legitimidad.
En todo caso, las obras del señor Hirst deben hacernos reflexionar acerca de lo que está ocurriendo hoy en el mundo de la creación artística, y de lo difícil que se ha hecho ser innovador en uno u otro sentido.
(nota: la imagen de la viñeta cómica es copyright de Cartoonstock y puede verse en su página web)
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