Ultimamente parece que la muerte es el tema de inspiración de muchos de los jóvenes artistas. Debemos preguntarnos si se trata tan sólo de una moda, o si por el contrario responde a la plasmación del mundo en el que vivimos, en cuyo caso habría mucho sobre lo que reflexionar.
La última manifestación al respecto se ha producido en la Trienal de Turín, Italia. Allí una artista tailandesa, Araya Rasdjarmrearnsook, ha presentado una muestra de su obra, cadáveres incluídos, eso sí, con la consiguiente autorización del Ministerio de Sanidad. Se trata de una instalación de diez cadáveres a los que la artista dará una lección, una clase ("The class" es el título de la obra) y a la que el público podrá asistir. La artista planteará su discurso en torno a la existencia humana, la vida, la muerte. Parece llevar a extremos las ideas del memento mori barroco, recordando a obras de Valdés Leal y otros artistas del barroco hispano, en versión hard core posmoderna.
Como decíamos al principio, muchos artistas jóvenes actuales (Damien Hirst, los hermanos Chapman, Enrique Marty, por citar algunos) recurren al tema de la muerte. Pero al mismo tiempo el enfoque llega a ser repetitivo y aburrido. Usar cadáveres o elementos desagradables, ya ni siquiera asombra al espectador, harto de ver siempre lo mismo. Ni siquiera sorprende ya el trabajo de plastinización de cadáveres llevado a cabo por algunos artistas. El público permanece impasible. Y eso puede ser un problema: la cotidianeidad de lo desagradable, de lo violento, de la muerte, puede llegar a hacer que ni siquiera se relfexione sobre ello, que es en un principio lo que imaginamos que estos artistas quieren hacer.
Usar un cadáver o un animal muerto para ser transgresor, está pasado de moda. Lo que falta es creatividad, y se recurre con exceso a elementos que a priori pueden chocar con el espectador, con sus planteamientos morales, con sus convicciones. Pero abusar de esos elementos, en este caso cadáveres, agota toda posibilidad de impacto. Es como si todos nos pusiéramos a presentar en exposiciones una u otra variante de La fuente de Duchamp. Al final cansaría y ni siquiera sorprendería. Y lo que es peor, ni siquiera podríamos decir que es una obra de arte. Al margen de legitimar o no el uso de cadáveres en el arte, lo que si está claro es que visto uno, vistos todos. A partir de ahí, todo huele a plagio, a veces más o menos ocurrente e imaginativo, pero nada novedoso.
Personalmente, el trabajo fotográfico de Araya me impresiona y atrae más que sus instalaciones. Precisamente porque su visión a través de la cámara aporta más novedad artística y narra más y mejor, que sus instalaciones, no aptas para todos los estómagos, donde además cabe preguntarse: ¿es realmente una gan artista o simplemente atrae el morbo que despierta su arte? En otras palabras: ¿esta mujer hace arte?
(I´m living, 2002, (c) de la artista)

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