Llevo algunos días fijándome en la cantidad de pintadas interesantes que han proliferado por nuestras paredes. No hablo de esas egocéntricas firmas más o menos coloristas que "adornan" nuestro entorno urbano, ni tampo de esos exhibicionistas "María te kiero" (si, con K y todo), sino de esas obras marcadas por su carácter crítico. Muchas de estas obras tienen una influencia clara, la del atista callejero Banksy, quien con sus plantillas ha revolucionado el arte callejero.
No se trata sólo de una marca, de un logo, sino de desplegar una actitud contestataria con inteligencia y creatividad. La preparación de la plantilla y su discurso son sin duda claves. No se trata ya de habilidad en la aplicación del color, la forma de distribuir la pintura, ni nada de eso. Se trata de llamar la atención con un discurso atractivo en su mensaje. No es nada nuevo. Seguimos ante un arte cuya finalidad para el artista es la de transmitir un mensaje. No hablamos de pintar por pintar. Hablamos de comunicar. Esta actitud comenzó en Francia en los años 60, en la época de las revueltas juveniles. Sin embargo, es en los 90 cuando se populariza. El mensaje transmitido suele ser político o de compromiso social y de denuncia.
La primera pregunta, creo, es evidente. ¿Es esto una forma de arte? La respuesta del sr. Toyama es: sí. Sin duda. No soy el primero que admite que el grafiti es un arte de finales del siglo XX. Son varios los museos que ya han dedicado a estas manifestaciones diversas exposiciones. Pero lo interesante de las pintadas a las que me refiero, esas hechas con plantillas, es que no necesitan del soporte institucional del museo, sino que su ámbito, es la calle. Expuestas en una sala, perderían, creo yo, su poder y su atractivo. Se encontrarían descontextualizadas. Se trata también de un arte efímero, no sólo porque con una limpieza desaparece, sino porque muchas veces su discurso es temporal, incluso local, relativo al aquí y ahora.
El debate puede ser otro. Un debate acerca de la legitimidad de pintar sobre espacios privados, un debate sobre si estamos ante un acto de vandalismo. Personalmente, mientras la intervención sea fácilmente reversible, y no se dañe el patrimonio histórico-artístico, no hay mayor problema. ¿Vandalismo? Si la pintada, insisto, es reversible, no se daña a nadie y no discrimina por motivos de raza, sexo o cualquier otro, no hay problema. Lo ideal sería que el autor tuviera esto en cuenta, especialmente en lo que se refiere al patrimonio artístico, eligiendo como soporte los lugares menos conflictivos: el que quiera que respeten su obra, que respete la de los demás.
Incluso podemos debatir sobre estos artistas revolucionarios, vendidos finalmente al sistema. Dónde empieza y dónde acaba su actitud crítica, y hasta que punto es ésta sólamente una pose. Pero esto lo veremos al tratar de artistas concretos.
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NOTA: la primera pintada fue fotografiada en Valladolid (septiembre 2006), y la segunda en Málaga (julio 2006).

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